Mientras las mordeduras continúan en sectores concesionados de la costa, el debate quedó reducido a declaraciones cruzadas. Sin anuncios de medidas concretas ni mensajes claros por parte de los concesionarios, la gestión del riesgo vuelve a instalarse en una zona gris.
La discusión por las cifras ocupó titulares y redes sociales. Se intercambiaron números, se relativizaron versiones y el tema ganó exposición pública. Sin embargo, mientras esa polémica se diluía, las mordeduras de palometas siguieron registrándose en la costa victoriense.
En lo que va de la semana hubo nuevos casos en una de las tres playas concesionadas sobre el riacho. No con la magnitud que se difundió en un primer momento, pero sí de manera sostenida: cortes en dedos, heridas en los pies, niños y adultos asistidos por guardavidas en jornadas de intenso calor.
No se trata de un fenómeno novedoso. Cada verano, con altas temperaturas y bajante del río, estos peces —emparentados con las pirañas— se aproximan a zonas bajas y cálidas. El comportamiento está documentado y ha sido explicado en temporadas anteriores. Lo que varía no es la presencia de las palometas, sino la forma en que se aborda la situación.
La escena de esta semana dejó una imagen incómoda: un guardavidas ofreciendo explicaciones públicas, una autoridad sanitaria municipal señalando una sobredimensión inicial de los casos, pero sin avanzar en medidas concretas, y el silencio de los concesionarios de las playas involucradas.
Aunque los episodios se concentraron en uno de los sectores, no hubo comunicaciones dirigidas a los usuarios, ni anuncios de acciones preventivas adicionales, ni señales de una estrategia coordinada entre el sector privado y el Estado.
Tampoco trascendieron evaluaciones técnicas oficiales sobre posibles alternativas de contención en las áreas más concurridas. Incluso propuestas informales surgidas desde el propio cuerpo de guardavidas quedaron sin definición.
El contraste resulta llamativo al observar que, a poco más de 300 metros, en la playa del Club de Pescadores sobre el mismo riacho, no se informaron episodios similares en estos días. La diferencia podría responder a múltiples factores —menor concurrencia, distinta configuración costera o dinámica de uso—, pero el dato está presente.
La lluvia del jueves trajo un alivio térmico que probablemente reduzca la presencia de bañistas en el corto plazo. Sin calor extremo, disminuye la exposición. Sin embargo, el verano continúa y, con el regreso de las altas temperaturas, también regresarán las familias al agua.
Las palometas forman parte del ecosistema. No constituyen una emergencia inesperada. Lo que genera interrogantes es la ausencia de una conducción clara ante un riesgo que se repite.
Cuando un problema es recurrente, la respuesta no puede ser esporádica. No alcanza con discutir cifras ni con declaraciones aisladas. La ciudadanía necesita conocer qué medidas se adoptarán para reducir nuevos incidentes.
Por ahora, el río sigue su curso y las palometas también. La anunciada malla de contención no pasó de una imagen y aún no fue instalada. La sensación es que el debate quedó en palabras, mientras el problema persiste.



